Hay momentos en los que me gana la ansiedad, momentos parecidos a los ataques de pánico que me daban antes. Ayer me sentí rabiosa, desesperada, un desbordamiento de ira me consumía y aunque trataba de controlarme no pude, por más que quise no pude. La histeria me subió del estómago a la garganta y terminé gritándole bastante feo a mi sobrina que no es más que una niña de tres años. Fue uno de esos días en los que no le tengo paciencia a los niños ni a nadie.
Es como si me hubieran puesto un croma gris ante los ojos. Me siento apática, sin ganas, decepcionada de muchas cosas, comenzando conmigo. Estoy hasta la madre de fallarle a las personas, lo peor es que me fallo a mi misma primero. La vida es un espejo, lo de afuera es lo que hay dentro. No me gusta generar expectativas, no sé. Ayer me quejaba de todo, hoy me levanté sin ganas. Seguía en mi faceta de perra rastrera…
Hasta que hoy en la parada de camión, hice la parada y el autobús se paró hasta algunos metros delante. Entonces de la nada (no lo vi llegar) apareció un joven con unos aparatos para caminar. Fui cortés y lo dejé subir primero. Pero para él subir tres escalones y llegar con el chofer significaron toda una odisea y excesivo esfuerzo. Los tubos golpeaban la puerta y le estorbaban en los escalones mientras que él, restándole importancia, subía diciendo: “Ya mero, ya mero” y yo iba detrás, torpe, sin saber si ayudarlo y que me lo fuera a tomar mal o simplemente respetar su esfuerzo. Se sentó en los primeros lugares y yo me fui hacia atrás. En ese momento se me quitó lo berrinchuda con la vida. Pero aún no regresa mi buen humor.
Es como si me hubieran puesto un croma gris ante los ojos. Me siento apática, sin ganas, decepcionada de muchas cosas, comenzando conmigo. Estoy hasta la madre de fallarle a las personas, lo peor es que me fallo a mi misma primero. La vida es un espejo, lo de afuera es lo que hay dentro. No me gusta generar expectativas, no sé. Ayer me quejaba de todo, hoy me levanté sin ganas. Seguía en mi faceta de perra rastrera…
Hasta que hoy en la parada de camión, hice la parada y el autobús se paró hasta algunos metros delante. Entonces de la nada (no lo vi llegar) apareció un joven con unos aparatos para caminar. Fui cortés y lo dejé subir primero. Pero para él subir tres escalones y llegar con el chofer significaron toda una odisea y excesivo esfuerzo. Los tubos golpeaban la puerta y le estorbaban en los escalones mientras que él, restándole importancia, subía diciendo: “Ya mero, ya mero” y yo iba detrás, torpe, sin saber si ayudarlo y que me lo fuera a tomar mal o simplemente respetar su esfuerzo. Se sentó en los primeros lugares y yo me fui hacia atrás. En ese momento se me quitó lo berrinchuda con la vida. Pero aún no regresa mi buen humor.