domingo, 13 de abril de 2008

Desde adentro

Insisto en la mirada. La mirada es bien importante, es básica, es espiritual. Cuando alguien no quiere verte a los ojos no es de fiar, cuando alguien esconde la mirada tras unos lentes oscuros todo el tiempo, no te afanes, no le conocerás fácil. Por cierto, hace un año que no uso lentes de sol, pero admito que es interesante, un velo contra el mundo. Me siguen gustando aunque ya no me siento desnuda sin ellos.

La mirada de Adri, la tallerista, me gusta mucho, es sincera, transparente, tiene algo que no entiendo, que me tranquiliza, sabiduría, que sé yo, pero cuando la veo a los ojos me pierdo; es como si te leyera desde el fondo como cuando te asomas dentro de una botella, ella te ve así, y cuando lo hace sonríe compasiva. Como si fueras un bebé. Cuando la conocí, hace tres años, fue lo primero que me llamó la atención de ella. Esa mirada no se la he visto nadie más en mi corta vida. Es algo espiritual. Ayer entendí un poco más cómo es que nos conectamos con la mirada, como es que la mirada tiene una conexión con algo más allá, un bardo a otro mundo, sostuve la mirada con alguien que no era quien estaba ahí y vi como de su ojo izquierdo brotaba una lágrima. Fue tan bello y extraño al mismo tiempo. Fue tan mágico y tan real. Y eso es algo que también tienen los felinos, la mirada, es única, es hermosa.

Y hablando de miradas, ayer caminaba por las mismas calles del centro cuando la vi de nuevo – bueno, ¿de qué se trata?- a la chica del curso, la que sigue mandando mails y mails. Otra vez la vi, me vio, nos vimos a los ojos por espacio de 6 segundos, nos vimos sin disimular y una vez más nadie dijo nada, subí a mi autobús mientras ella se detenía en el puesto de revistas. Insisto, es la mirada la que dice más de mil palabras.