Hoy tuve que hacerme un examen médico general para ver si soy candidata al mentado seguro de gastos médicos en el que pretendo sacrificar un dinerito que me haría más feliz en diversiones varias. De entrada, desde ayer nada de comida, sólo líquidos desde las seis de la tarde pero por fortuna tuve ocupaciones y ni me enteré, llegué a mi casa, salí a hacer ejercicio (hay muy buen taco de ojo por la noche) regresé súper cansada, apenas comenzaba a sorber un jugo de naranja cuando mi mamá me dice que nada dulce pues iba a salir con alto contenido de azúcar ¡WTF!! Dejo el jugo en el refri con la esperanza de que aparezca al día siguiente.
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El despertador suena a las 5:30, me levanto a las 6 toda nerviosa, guardo en el recipiente mi primer muestra de orina. Mi papá me lleva al hospital, 7:10 a.m hay filaaaaa (yo creía que sólo en los hospitales públicos se hacía macro fila) Me siento al lado de una señora y una viejita como de 95 años. Veo enfermeros pasar, enfermeras gritándo el nombre del que sigue, pacientes que salen con el brazo doblado y yo que por el simple hecho de estar en el hospital me pongo muy nerviosa. Odio los hospitales, comenzando por el olor. Por fin sigo yo, y lo de siempre: veo como la aguja entra, la sangre circula y llenan tres recipientes.
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La señora tenía muy buena mano porque no me dolió nada, y otras veces si me ha dolido. Salgo, ahora me mandan a radiografía. Me recibe un chavo guapo que me lleva al vestidor y me pide que me quite la ropa, - me pongo la bata (ay, que pena!!) y que espere. Esperé… esperé.. me llevarón a un cuarto donde en la cabina está otro chavo (¡por qué no contratan señores, por Dios!) y yo por los nervios por poco y les enseño los dos pechos (creo que se me salió uno). Me piden que me embarre en el aparato de frente, de espaldas, de costado. Se siente muy feo. Terminas, y ya, váyase a cambiar. Después me hicieron beber otro litro más de agua (ya llevaba uno) hasta que la vejiga casi reventara, ahí estoy, espere y espere con ganas de orinarme ahí mismo. Llegué a un cuarto con un doctor y una doctora – se veían raros, de película de terror- y comienzan a hacerme una ecografía de abdomen. Veo mi mundo submarino a través del monitor. Deseando estar sana, hago juegos mentales para no ponerme hipocondríaca.
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Después una linda chica me lleva a recorrer medio hospital hasta llegar a la parte baja donde un doctor (¡Joven, menos de 35!) me comienza a hacer todo tipo de preguntas médicas que, no por nada pero, no es chido relatar a un hombre ¡joven! cosas como cuándo fue mi última regla, mi vida sexual, asunto de medicamentos, drogas, etc. Y otra vezz; siéntese ahí, con los pies desnudos. Me examina los ojos, las orejas, la garganta, la espalda (el momento incómodo fue cuando escuchó “mi corazón” según él evadiendo la mirada de mis pechos) ¡Hombres! Después pásale con el dentista, blah, blah, todo bien. Y por fin SALIR!!
Sí este fue el peregrinar en una clínica privada ya imagino en una del IMSSs.Lo que no me gusta del trato médico es cómo se respira esa coraza entre el gremio médico de no mezclarse emocionalmente con el paciente, te atienden de manera fría (recordemos que es atención privada, no es el estrés neurótico del IMSSs o del ISSTE) y sólo muy pocos te saludan calidamente, es como que muy frío, muy mecánico, rutinario, somos cuerpos, no personas. Estadísticas, análisis, máquinas, muestras, tecnología y medicina. Y eso no me gusta. Hay cosas de medicina oriental que me gustan mucho más que la occidental. La medicina oriental no puede abrir cuerpos, nada de extraer muestras, nada, primero tienes que escuchar al paciente, platicar con él, hablar de su estilo de vida, sus emociones, sus hábitos, su mal- estar- Las máquinas pasan a segundo término o si acaso son inexistentes. Hay toda una filosofía mente-cuerpo-espirítu en cuanto al cuerpo y cada uno de sus órganos, todos forman un universo individual y todos son necesarios, son los instrumentos de una orquesta que hay que escuchar primero.
Yo nada más fui a un pinche chequeo y salí un poco deprimida, desmoralizada (rezo por salir bien) y me pongo a pensar en tantas cosas. No sé, quizás me pongo sensible porque crecí en familia de Médicos y he pasado la mayoría de mis años escuchando sobre fatalidades médicas, negligencia y peligro. Y por el momento esa mentalidad es un asunto que aún no sé cómo resolver emocionalmente. Y creo que nada más yo me preocupo porque a mis amistades les vale madre. ¡Somos jóvenes! según ellos.
