Y es que por lo menos a mi siempre me pasa que cuando ando de viaje me da un hambre de aquellas, quizás mi subconciente se altera porque sabe que no existe el refri y se revela presentando una variedad de antojitos al chef de mi cerebro, y yo quedo con la lengua y el paladar todo reseco en la voraz contienda por mi autoridad y el control de mis estímulos. Recuerdo que la primera vez que fui con algunos familiares y mi prima a Guanajuato anduvimos de turistas desde el amanecer, sólo desayunamos donitas Bimbo y coca de una tiendita típica de provincia, amada provincia. Pues para eso de las doce nuestras tripas se debatían en una contienda digna de la primera guerra mundial. Así que ni lentos, ni perezosos le entramos (a manera de tentenpié) a una comida típica de allá que es así como un tamal-gordita bastante relleno del guisado de tu preferencia, yo odiosa del chile, opté por los siempre presentes frijoles con queso. El vendedor muy amable nos hablaba de Fox y sus maravillas, yo por dentro me burlaba pero como su platillo era francamente delicioso sonreía disimulada. Y después tuvo la cortesía de decir:
-
Mientras que yo por dentro pensanba: ¿Qué?
- Sí, y son los turistas los que no se saben comportar, los que tiran basura, los que pitan en los túneles.
Pero a lo que iba es que cuando estábamos ahí, después de visitar las minas de Valencia (muertos de hambre) nos bajamos al centro de la cuidad y como ya andábamos casi en ceros nos metimos a un Dominos' a comer y no nos alcanzaba más que dos rebanadas por persona. Y teníamos mucha hambre!!! No exagero al decir que esa es la pizza más rica que he comido en toda mi vida porque saboree hasta la pequeña migaja. En Puerto Vallarta, en un restaurantito nos vendieron un platillo que cuando nos lo narraron se oía super suculento pero cuando lo vimos en la mesa nos desmoralizamos grueso, eran (no miento) 5 camaroncitos cocteleros bañados una salsa agridulce, una cucharadita nevera de arroz y ya!!! Y las playas te deshidratan de a madre entonces saboreamos hasta la última gota de la salsa y claro, todo a precio de pinche buffete. En fin, cada viaje es una de antojadera y una decepción enorme de los restaurantes que juegan con el turista hambriento bien gacho. Cuando estoy en mi casa y veo mi plato muy bien servido doy gracias al mismo tiempo que evalúo su posible precio ante un turista hambriento y despistado que llegara a pasar por aquí.