jueves, 9 de agosto de 2007

La cuenta, por favor

Hoy quiero divagar en torno a cómo cuando estamos lejos de nuestra casa, de nuestra familia, del calor de hogar y de nuestro refri cualquier bocadillo en ciudad ajena nos parece un manjar de dioses. Esto lo meditaba porque de un tiempo acá soy fan de los nopales, antes los odiaba pero a raíz de que descubrí una forma rica de guisarlos la cosa cambió. Por increíble que parezca a mis 28 primaveras nunca se me había ocurrido picar tomate, cebolla, ajo, freírlos en aceite de oliva, sazonarlo, y ponerle los nopales una vez que el tomate se ha convertido en algo parecido a una salsa. Un poquito de cilantro y vualá! Saben delicioso. Y ayer mientras los cenaba me vino el pensamiento de que mi generoso plato me saldría bien caro en cualquier restaurantillo. ¡Y sólo son nopales! Desde entonces, cuando voy a hacer mis compras al súper veo con ojos de amor la partecita donde están los nopales rebanados y los enteros. ¡Cuánto color! ¡Cuanta frescura! Los nopales me hacen sentir ñora, doña, chacha.


Y es que por lo menos a mi siempre me pasa que cuando ando de viaje me da un hambre de aquellas, quizás mi subconciente se altera porque sabe que no existe el refri y se revela presentando una variedad de antojitos al chef de mi cerebro, y yo quedo con la lengua y el paladar todo reseco en la voraz contienda por mi autoridad y el control de mis estímulos. Recuerdo que la primera vez que fui con algunos familiares y mi prima a Guanajuato anduvimos de turistas desde el amanecer, sólo desayunamos donitas Bimbo y coca de una tiendita típica de provincia, amada provincia. Pues para eso de las doce nuestras tripas se debatían en una contienda digna de la primera guerra mundial. Así que ni lentos, ni perezosos le entramos (a manera de tentenpié) a una comida típica de allá que es así como un tamal-gordita bastante relleno del guisado de tu preferencia, yo odiosa del chile, opté por los siempre presentes frijoles con queso. El vendedor muy amable nos hablaba de Fox y sus maravillas, yo por dentro me burlaba pero como su platillo era francamente delicioso sonreía disimulada. Y después tuvo la cortesía de decir:
-

- Nosotros somos bien limpios, son los turistas los que ensucian todo el lugar.
Mientras que yo por dentro pensanba: ¿Qué?
- Sí, y son los turistas los que no se saben comportar, los que tiran basura, los que pitan en los túneles.

-
Pobre diablo, son los turistas quienes se están comiendo tu producto y te están dando de comer hoy, pendejo. En fin, esa es una característica de los sentimientos locales de cada ciudadano, que todos ensalzan las virtudes de su ciudad. Yo lamentablemente no tengo esa pasión. La mía no me interesa y francamente me aburre. Pero en semanas pasadas cuando conviví con gente de otras partes de la república me di cuenta de que sí tenemos un pinche ego pendejo. Bueno, los de aquí porque yo no. La gente de Chihuahua me cae bien, son muy amigables, también los de Mérida aunque son más que nada tímidos, sí, medio tímidos. Los de Querétaro son una amor, muy amigables, los de Guadalajara hablan muuy bonito, y medio achilangado, jo, jo. Los de Guanajuato se ganaron el apodo de “Guarjentinos” porque a todos nos parecieron muy mamoncitos. Aún así es uno de mis Estados favoritos, me gusta mucho y tengo buenos recuerdos.

Pero a lo que iba es que cuando estábamos ahí, después de visitar las minas de Valencia (muertos de hambre) nos bajamos al centro de la cuidad y como ya andábamos casi en ceros nos metimos a un Dominos' a comer y no nos alcanzaba más que dos rebanadas por persona. Y teníamos mucha hambre!!! No exagero al decir que esa es la pizza más rica que he comido en toda mi vida porque saboree hasta la pequeña migaja. En Puerto Vallarta, en un restaurantito nos vendieron un platillo que cuando nos lo narraron se oía super suculento pero cuando lo vimos en la mesa nos desmoralizamos grueso, eran (no miento) 5 camaroncitos cocteleros bañados una salsa agridulce, una cucharadita nevera de arroz y ya!!! Y las playas te deshidratan de a madre entonces saboreamos hasta la última gota de la salsa y claro, todo a precio de pinche buffete. En fin, cada viaje es una de antojadera y una decepción enorme de los restaurantes que juegan con el turista hambriento bien gacho. Cuando estoy en mi casa y veo mi plato muy bien servido doy gracias al mismo tiempo que evalúo su posible precio ante un turista hambriento y despistado que llegara a pasar por aquí.