Dos semanas de lluvia, el final del verano, la llegada de los huracanes. Llovizna que, aunque dure treinta minutos incesantes, basta para que las calles se conviertan en canales de Venecia. Los noticieros disfrutan buscando tragedias, historias de gente que pierde sus pertenecias en casas inundadas, automovilistas accidentados, calles destruidas… yo mejor apago el televisor. Dos semanas consecutivas con lloviznas. Anduve peregrinando por las librerías en busca del libro que le iba a regalar. No se me ocurría otra cosa, con el paso de los años voy perdiendo mi creatividad para esas cosas. La mesa de regalos no debería ser únicamente para bodas. La navidad pasada de plano le mande un mail a mis amigos íntimos:
Hola:
Oye, hazme una lista de cinco cosas que te mueres por tener pero que no tienes pensando comprar… el ipod y demás no juegan, eh!
Y felizmente fui a lo seguro y les regalé algo que en realidad querían porque a todos, alguna vez, nos ha decepcionado descubrir lo que hay debajo del papel de regalo. Cuando entré a la última librería y miraba en los estantes de pronto a mi izquierda había un ejemplar de “La I. Levedad d..” en forma horizontal. Iba directo hacia mis ojos así que lo elegí para regalo sin importarme si ella lo había leído o no. De camino a nuestra cita lo único que me pasaba por la mente era abrir el libro y reelerlo así que en cuanto llegué a mi casa lo busqué. Lo leí cuando tenía 19 años y quedé tan enamorada de la historia que por temor a que perdiera su sabor lo guarde de inmediato. Evité leerlo durante todo este tiempo porque para mi era algo inmaculado. La semana pasada lo rescaté y comencé a releerlo. Han pasado muchos años desde aquella primera vez, he leído muchas novelas más, me enamorado más veces, he llorado más, y ya no soy la chavita de 19 aunque a veces actúe como tal. ¿Y qué descubro? Que la historia es tan hermosa, que ahora estoy disfrutando más cada palabra, cada párrafo, cada hoja, que me doy cuenta que Milan y yo pensamos de manera parecida en muchas cosas, que él es de los míos. Que yo soy Tomás, soy Teresa, soy Sabina y soy Franz, que nunca una historia me había llegado tanto y quizás estoy pecando de exagerada, pero me llega. Y yo sé que aunque pasen los años trataré de conservar ese ejemplar a mi lado, no importa a qué lugares remotos me lleve la vida, o si no existo mañana pero ese libro me encantó – con énfasis en el aspecto mágico de la palabra- . Que es delicioso leerla en días de lluvia, en vísperas de otoño.
Aquella primera vez, recuerdo que un viernes, mi madre me encargó que comprara un kilo de arrachera en un restaurante cerca de mi casa, era el mes de Julio y yo regresaba de mis clases de ingles. Mientras esperaba mi orden leía el libro y ahora con sorpresa he descubierto la nota de aquel restaurante, especificando el kilo de arrachera y los 160 pesos que pagué en aquel entonces. Guardé la nota en las páginas donde estaba, me pareció humorístico y la dejaré ahí. Tantos años y el papel de la nota no perdió su color parece como si la hubiera pagado ayer mismo. En los días de lluvía de septiembre escucho siempre la canción de arriba, básicamente lo hago desde el 2000 porque también fue septiembre cuando la escuché por primera vez y porque me han sucedido cosas mágicas con esa canción (y una desagradable que es mejor ni nombrar) recuerdo que ese septiembre del dos mil escribía cuentos todo el día, la mayoría tristes, no sé, no me sale escribir felicidad. Y de todos esos cuentos sólo conservo uno (mi favorito), todo lo demás no sé donde quedó, con los años se perdieron, como hay tantas cosas que se pierden y que no volverán. A sabiendas he aprendido a disfrutar las cosas – y personas- cuando se tienen, cambiamos tan rápido y de pronto ya nada es lo mismo.
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Y afuera sigue lloviendo…