Hice un coraje. Traté de evitarlo pero fue imposible... me quede dormida. Llegué tarde de mi curso, entré a mi casa, dejé mis cosas sobre el escritorio, me cambié de ropa velozmente y me fui a caminar los 4 kilómetros diarios que religiosamente hago desde hace meses (increíblemente estoy emocionada porque descubrí una manera de romper la meta a 5 kilómetros en menos tiempo). Así que era natural que en cuanto llegara a mi casa me tirara en la cama y no supiera más y lo que me da coraje es que me quedé dormida mientras esperaba un episodio nuevo de Aída, la serie española que pasan los martes. Espero siete putos días, ansiosa, para ver un capítulo nuevo y me quedo dormida (¡!) A cualquiera le daría coraje. Necesito esa serie, ninguna otra me hace reír. En esta ocasión el dichoso curso se me ha hecho más pesado por las cuestiones gramaticales que no coquetean mucho conmigo. Hubiera estudiado Letras, ya lo decía yo, pero siempre ando “miando fuera del hoyo” como diría mi abuelo. Sin embargo, me la he pasado bien, rompo la rutina, paseo, veo gente, y he comido en restaurantes toda esta semana – y que caro sale- Hasta el momento las tostadas de pollo de Vip’s y el bufete de comida china han sido lo más top.
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-De hecho, en el bufete mientras comía un pollo agridulce mi muela masticó un objeto extraño, cuando lo escupí para ver de qué se trataba resultó ser un pedazo de envase del tamaño de una garra de tigre bebé, impresionante, sin duda, y en caso de haberla tragado eso ameritaba cirugía. Inocentemente pensé: “¡Ya chingé comida gratis!” Cuando fui a la caja le enseñe a la chinita mi descubrimiento y -nerviosa porque había otra cliente detrás de mí-, me dijo, tímidamente: “¡Ah, ¿cual plato?” fuimos hasta la barra y le mostré el guisado, regresamos y cuando le di billete de 100 pesos (la cuenta eran 70) me regresó uno de 50 y con sus expresivos ojos rasgados que simulan sonrisa, me dijo: “Peldon por la comida” Me pude haber puesto brava pero, bueno, estaba tan llena que no quería discutir y no soy brava así que con la misericordia de Cristo, le dije, amablemente: “Cuidado a la próxima sí va a ser peligroso, pero muy rico todo” y salí. Si hubiera estado en EU ya tuviera un bueeen de lana.
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Y es que los chinos me caen muy mal, son odiosos por lo que le hacen al Tíbet y porque llenan nuestro ya de por si burocrático país con piratería basura y juguetes tóxicos. Peeero me encanta su comida, eso no lo puedo negar, o por lo menos la que comercializan en México. Amo los rollitos primavera bien hechos, el arroz, la pasta, la soya, y demás guisados cuyos nombres no podré escribir aquí. Ante mi insistencia de tener un hijo oriental, en mi casa, me dicen: “Metete con un cocinero de la comida china y ya” No parece una idea tan descabellada. Hoy, por ejemplo, entró en el restaurante un chinito (¿o japonés?) muy lindo, estaba guapo, y muy atlético y por lo visto todos comen muy bien porque él le dio cinco vueltas al bufete y pues se veía muy lindo. Pero esa es mi visión romántica, lo admito, porque los chinos de México son bien cabrones y por si eso no fuera poco explotan muy feo a nuestra gente en sus negocios. Nada más por eso no debería ir pero… me gusta la comida, nada más eso… y bueno su filosofía espiritual es bien chida, bastante. Pero a pesar de todo quiero un hijo oriental.